Van caminando silenciosos, pues es ahí, donde nadie está enterrado, donde se recuerda.
En este reino donde las crayolas, los videojuegos de los 80 y la poesía perdedoramente romántica ocupan el lugar.
Ponen una mantita fabricada de retazos y de muchos colores y texturas, sacan el jugo de ciruelas y se disponen a comer las galletas de avena que alguna cocinera naturista del pueblo les regaló.
Desde ahí miran a todo el pueblo, mientras el rey sin bigotes le quita las migas del bigote al que posee los vellos faciales.
Y miran, recuerdan y suspiran...
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