Entonces después de muchos días sin pensar en aquella persona que me destruía y creer que todo estaba tan bien y tan tranquilo me llega una noticia que se siente como un escalofrío cervical que no sabe por donde fugarse.
Escribo refiriéndome a ese alguien como aquella persona, porque dejaste de ser un tú, porque no hay más tú a tú, no sirven más los mensajes ni los mails, no sirven más las sonrisas cordiales de pasillo, no sirven, no servimos...te serviste de mi vida, te la serviste. De mis amigos, de mi arte, de mis colores que perdí, de mis minutos y las mariposas que solían revolotear en mi estómago.
Me tengo miedo a mi mismo, porque hoy sentí que quizás no podía pararme jamás nunca, jamás dejarse querer, jamás dejarse tocar de veritas, que tal vez no podría volver a ser como lo era en un principio, antes de conocer la vida contigo.
Hoy tengo tantas razones para estar feliz y tan pocas para llorar, pero igual lloro y no encuentro el por qué de las lágrimas, no encuentro el por qué de tanta estupidez.
Me pregunto el por qué de las caras bonitas, de los cuerpos bonitos, de las personalidades bonitas.
Hoy en la mañana me sentía precioso, inteligente, capaz, sensible, un hombre!
Te demoraste 10 segundos en destruirme todo eso.
¿Me quieres destruir?
Destruyete solo, haz una carrera decente, sé feliz con lo que tienes y no le envidies a nadie.
Y corta eso que se llama pretensión, de pretender algo que no eres.
No te odio.