martes, 5 de enero de 2010

mucho no me queda.



Entonces todos sonreíamos y teníamos placer, mucho placer. Pero era placer de marshmellow, de gomita multicolor, de madera, de plástico. Esas cosas tan chicas que me gustan aún, pero me gustan de lejos. Que hoy estuve unas cinco veces a punto de aguarme en plena calle. Que me perdí durante 30 segundos en el supermarket por estar sacando alguna conclusión inconclusa.
Para preguntar cuanto vale la impresión de una hoja en blanco y negro, ladré muy fuerte y babeado. Tanto que me ladraron y babearon de vuelta. Casi pierdo la red carpet de mi madre y vi a dos hombres besandose en semi-público y pensé que esté pueblo quizás no esté tan retard, pero también pensé que quizás uno de los dos era más feo y mas gordo que el otro y que quizás lo había contratado, como un Scort. Pero después me pregunté que por qué si era más feo no podían estar. A lo mejor él tenía una autoestima mayor que el más guapo. Quizás sabe bien llevar su panza y sus kilos demás y sus excesivos pelos no sensuales ni tropicales.
Después del lapsus pasé por la casa de un ex-algo. Que sentí que en realidad aunque estemos muy cerca y cotidineemos (del ser cotidiano) tanto, la gente no es imprescindible, que no TIENE que estar, no es obligación. Quizás su moral, pero su obligación no.
Que besos abrazos no te quitan pedazos, pero si te tocan para abajo da lo mismo igual, yo perdí los pudores porque creo que no he tenido tiempo para que me de verguenza, porque he ido flash, como la prohibida o como el hombre que solía decirme te amo al oído, que ahora se mueve al ritmo de Gaga, Spears, con peluca y todo.

Hoy evalué tanto, tanto, tanto.

E hice nada.
Y escribí conversando con Jarvis, escuchando CocoRosie (tristeza) y en el living, como nunca.

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